En algún momento, la biblioteca escolar fue el corazón palpitante de los colegios. Era el espacio donde los libros respiraban, los niños descubrían mundos nuevos y los docentes encontraban apoyo para su labor pedagógica. Hoy, muchas de esas bibliotecas han quedado reducidas a un rincón polvoriento, a un mueble cerrado con llave o, peor aún, a un recuerdo que se menciona con nostalgia. La ausencia de las bibliotecas escolares no es solo la falta de estantes o de libros. Es una pérdida simbólica y profunda: desaparece el lugar donde la lectura se volvía experiencia compartida, donde el silencio tenía sentido y donde la curiosidad encontraba respuestas. La biblioteca era una extensión del aula, pero también un refugio emocional y un laboratorio de imaginación. Más que libros: espacios de encuentro y pensamiento La biblioteca escolar no debía ser un almacén de textos, sino un espacio vivo. Un lugar donde se mezclaran la palabra escrita y la palabra dicha; donde los estudiantes pudieran ...